Una vez, conocí a un hombre cuya vida fue de algún modo impuesta, por así decirlo. Era trabajador, así se educaba en aquella época. Dos hijas, esposa. Un buen día llego la guerra a su país, algo que un hombre así desconocía, tanto en cuestiones sociopolíticas como también en dimensiones. La imposición de la que hablo comienza aquí, solo para descartar el viejo modelo de crianza sobre casarse, mantener, etc. Entonces, bien, sin consulta alguna sobre creencias, intereses, religiones, obligaciones, ni nada, se lo obliga a pelear. El hombre acata, como era de suponer. Pero con la poca luz interna envía a su familia a otro país. La guerra hace lo suyo, para que extenderme. Y el universo, tremendamente inteligente, lo saca de allí. Golpe de suerte, si se quiere. Papeleos varios y vuelta a casa. Claro que su casa estaba ya en otro país, con otras costumbres con un vuelta a empezar al doblar la esquina. Ocho semanas de barco, detalles. Todos en casi la misma situación. Huyendo de aquello. Con la maravillosa posibilidad de huir de aquello!. Tierra firme y a sembrar. Mucho tiempo después, se hablaba de el y se decía: Panadero de profesión. Como quien lo elige. Extranjero, inmigrante, ex combatiente, hay que joderse, de verdad lo digo. Ambas hijas crecen, sanas, dentro de lo que se puede. Se casan, primero la mayor, habrá sido un alivio para aquella época, luego la menor. Crecen los niños, el hombre se hace abuelo. Y aquí deja de haber historia. Porque de algún modo el trabajo ya estaba hecho. La misma frase durante años: Panadero de profesión. Joder, a mi, me hubiese gustado escribir su biografía, sus historias. Pero verdaderamente siento que vivo una vida maravillosamente afortunada en comparación a lo vivió mi abuelo. Y claro, empezar una biografía es de algún modo la búsqueda de la inmortalidad. Entonces, obligatoriamente descubro que este sin fin de posibilidades hace que yo hoy pueda estar aquí, sentado frente a mi computadora, junto mi aire acondicionado, disfrutando de un buen jazz, acabando mi día y listo para empezar a quejarme mañana otra vez.
Sin quitarle merito a mis padres que también vivieron su época, siento una enorme gratitud por este hombre, que en silencio acato su vida lo mejor que pudo sin saber que un día, un gran día, su nieto, 30 años después, estaría aquí sentado vislumbrando un sin fin de posibilidades por explorar, la sensación de sentirse libre y la capacidad de elección sobre su propia vida. Mi abuelo no eligió ser panadero pero hizo lo mejor que pudo con su impuesta obligación. Yo, que debería hacer con mi maravillosa libertad además de ser completamente feliz?
domingo, febrero 13, 2011
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